Por una cultura del cuidado que ponga la vida en el centro
En el Día Mundial por la Seguridad y Salud en el Trabajo
En los últimos años, el departamento de Pastoral del Trabajo y de Pastoral de la Salud de la Conferencia Episcopal Española viene profundizando en el drama de los accidentes laborales y de las enfermedades profesionales. Este año hemos elaborado una reflexión en la que queremos ayudar a dar visibilidad a la incidencia de la precariedad laboral en la salud de trabajadoras y trabajadores. Esta reflexión la hemos hecho pública a través del Cuaderno de Pastoral del Trabajo n.º 4, «Es tiempo de un país que cuide».
La pesada carga de una economía que exige demasiado a cambio de muy poco enferma cuerpos, desgasta mentes, tensa vínculos y, en demasiadas ocasiones, siegan vidas. Llevamos años escuchando ese clamor en parroquias, barrios obreros, campos agrícolas, centros de salud y entornos laborales dañados.
Ese clamor es audible en la voz temblorosa de quienes encadenan contratos breves; en el silencio de quienes dudan si podrán pagar el alquiler; en la fatiga de tantas mujeres migrantes en trabajos esenciales sin protección; en la angustia de jóvenes que no ven horizonte.
La declaración conjunta de Pastoral del Trabajo y Pastoral de la Salud de la Conferencia Episcopal Española, con motivo del 28 de abril de este año supone elevar la voz para la denuncia, pero también para promover el cuidado y reforzar la esperanza.
La precariedad como estructura que corroe la vida común
El informe PRESME 2025 revela que el 47,5% de los trabajadores vive algún tipo de precariedad y esta cifra muestra que casi la mitad del país trabaja sin estabilidad, sin horizonte y sin sentido de seguridad.
La precariedad es agotadora en lo laboral, pero devastadora en lo humano, ya que impide planificar el futuro, interrumpe el descanso, tensa la convivencia familiar, deteriora la salud mental e impone un clima de amenaza permanente.
El Evangelio muestra que cuidar no es un gesto accesorio: es la base de una comunidad sana. Y cuando falta cuidado, se resquebraja el tejido social.
Precariedad y desigualdad claman al cielo
El informe PRESME muestra que el 90% de las mujeres jóvenes migrantes en trabajos manuales viven en precariedad severa. Esto no es un dato: es un escándalo.
La Doctrina Social de la Iglesia recuerda que toda discriminación que niegue la dignidad humana es contraria al designio de Dios. Gaudium et spes exige que las desigualdades que humillan sean eliminadas, afirmando que «aunque existen desigualdades justas entre los hombres, sin embargo, la igual dignidad de la persona exige que se llegue a una situación social más humana y justa».
La precariedad que enferma: la herida visible e invisible
La precariedad laboral es hoy una de las principales causas de deterioro de la salud mental. El informe PRESME señala que la precariedad severa multiplica por 2,5 el riesgo de problemas psicológicos. Este sufrimiento no es una debilidad personal: es la consecuencia directa de un sistema laboral que ha olvidado el cuidado.
La ética del cuidado exige que el trabajo sea espacio de protección, no de daño. Exige ritmos humanos, descansos reales, apoyo emocional, prevención de riesgos psicosociales y organización laboral que ponga a la persona en el centro. El Evangelio muestra que acompañar al que sufre, aliviar su carga, sostenerlo en su fragilidad, es una responsabilidad colectiva.
La precariedad que mata: la tragedia que nadie debería aceptar
En 2025 murieron 735 personas en accidentes laborales, muertes que no deberían haberse producido, muertes que no podemos normalizar. Cada una de esas vidas truncadas debería interpelarnos como sociedad, porque no son cifras: son padres, madres, hijos, compañeras que no regresaron a casa.
Una sociedad que cuida no acepta la muerte laboral; una empresa que cuida invierte en prevención.
Un Estado que cuida refuerza la inspección; una sociedad que cuida nunca permite que la vida se ponga en riesgo para poder trabajar.
La pobreza laboral: el nuevo rostro de la exclusión
El informe FOESSA 2025 muestra que tres de cada cuatro hogares en exclusión severa tienen personas con empleo. Esto revela que tener un empleo no garantiza salir de la rueda de la exclusión. La pobreza laboral es una de las heridas más profundas y silenciosas de España.
Caritas in veritate afirma que ningún desarrollo es verdadero si sacrifica la dignidad del trabajador. Cuando el salario no permite vivir, la dignidad se erosiona. El Evangelio invita a compartir la mesa, no a sobrevivir con lo mínimo. Y esta lógica humana y social debe inspirar políticas públicas que protejan a los trabajadores pobres.
La responsabilidad moral y política
Una mirada desde el cuidado y la centralidad de la persona exige actuar, aliviar cargas y no aumentarlas. El Evangelio es claro denunciando a quienes imponen cargas pesadas y difíciles de llevar. La sociedad, sus leyes, sus instituciones deben estar para proteger, no para oprimir.
Ningún responsable político puede decir que no sabía. La ética del cuidado exige actuar para aliviar cargas, no para aumentarlas.
Como Iglesia, proponemos medidas realistas y urgentes: estabilidad laboral, salarios suficientes, protección social robusta, conciliación familiar, seguridad y salud en el trabajo, salud mental integrada en el sistema laboral, inspección fuerte, límites a la subcontratación abusiva. La política no puede mirar hacia otro lado.
La responsabilidad empresarial: el cuidado como principio
Las empresas son espacios donde la ética del cuidado puede transformarlo todo. No basta con la responsabilidad social corporativa: se necesita responsabilidad humana. El papa Benedicto XVI, en Caritas in veritate nos recuerda «que el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad: pues el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico social» (n. 25).
Hay empresas que cuidan. Y esas empresas funcionan mejor. No por moralismo, sino porque la ética del cuidado genera compromiso, estabilidad, creatividad y confianza. Pero también conocemos empresas que precarizan, que exprimen, que exigen sin límites, que dejan a las personas al borde del agotamiento. En ellas, la vida se deteriora, y una empresa que deteriora la vida no contribuye al bien común.
La ética del cuidado exige poner a la persona por encima de la productividad, de los ritmos, de los indicadores. Una empresa que cuida construye país, salva vidas.
El despertar colectivo
El Evangelio denuncia la indiferencia como una forma de injusticia. La ética del cuidado coincide: no podemos normalizar la precariedad. No podemos mirar hacia otro lado cuando tantas vidas se sostienen con esfuerzo extremo. No podemos permitir que el cansancio colectivo se vuelva paisaje permanente.
Necesitamos una cultura laboral del cuidado, una cultura que ponga la vida en el centro, que proteja la salud mental, que respete los tiempos humanos, que devuelva dignidad, que fortalezca la cohesión.
La Iglesia estará al lado de quienes sufren, con quienes luchan, con quienes quieren transformar esta realidad, ofreciendo esperanza y denunciando cuando peligra la dignidad humana, ofreciendo acompañamiento, solidaridad, verdad, porque cuidar es la mayor forma de justicia.
El cuidado empieza hoy
El Evangelio nos recuerda, sin imponer nada, que la vida es sagrada, que toda persona merece descanso, respeto y protección. Nos recuerda también que nadie debe cargar pesos que destruyen y que la dignidad humana debe ser defendida siempre.
Basta de precariedad, ¡esta economía mata! Basta de vidas al límite, basta de trabajadores pobres, basta de mujeres invisibles, basta de jóvenes sin horizonte. Basta de ritmos que enferman, basta de muertes laborales. ¡Basta de indiferencia!
Es tiempo de un país donde el trabajo sea para la vida, la sostenga, no la rompa ni la desgaste. Un país donde la dignidad no sea negociable, donde nadie quede atrás. Es tiempo de un país que cuide y el cuidado empieza hoy.
Artículo publicado en la revista Noticias Obreras, abril 2026



