Padre, ¿por qué la Iglesia se mete en esto de los inmigrantes?
Un diálogo pastoral que invita a reflexionar sobre la regularización extraordinaria desde el Evangelio, la dignidad humana y el bien común.
La cuestión de la migración y de la situación de las personas que viven entre nosotros sin una situación administrativa regular suscita preguntas, inquietudes y, en ocasiones, posiciones encontradas. También dentro de nuestras comunidades cristianas. ¿Qué tiene que decir la Iglesia ante esta realidad? ¿Por qué Cáritas y tantas instituciones eclesiales muestran su preocupación por quienes viven en condiciones de vulnerabilidad y exclusión? ¿Dónde termina el debate político y dónde comienza la exigencia evangélica?
Con el propósito de ofrecer una reflexión serena y accesible, el Rvdo. Joaquín Carlos nos propone este diálogo pastoral entre un párroco y un feligrés. A través de una conversación sencilla, cercana y profundamente arraigada en el Evangelio y en la Doctrina Social de la Iglesia, el texto aborda algunas de las preguntas más frecuentes en torno a la regularización extraordinaria de personas inmigrantes que ya forman parte de nuestra sociedad.
Más allá de opiniones o posicionamientos ideológicos, esta reflexión invita a mirar la realidad desde la dignidad de cada persona, el bien común y la fraternidad que brota del Evangelio. Una invitación a escuchar, discernir y dejarnos interpelar por el rostro concreto de quienes viven entre nosotros buscando una oportunidad para desarrollar su vida con plenitud y esperanza.
“Padre, ¿por qué la Iglesia se mete en esto de los inmigrantes?”
Hace unos días, al terminar la misa, un feligrés se me acercó con ese gesto que mezcla respeto, preocupación y sinceridad. Me pidió hablar un momento. Nos sentamos en un banco del templo, todavía con el eco de los cantos resonando en las paredes.
—Padre, se lo digo con cariño… pero no lo entiendo. ¿Por qué la Iglesia, por qué Cáritas, se mete en esto de los inmigrantes? Ahora hablan de apoyar una regularización extraordinaria. ¿No es meterse en política?
No era la primera vez que escuchaba esa pregunta. Y sé que muchos cristianos sienten lo mismo. Por eso quiero compartir este diálogo, porque creo que puede ayudar.
Respiré hondo y le respondí con calma.
—Mira, te agradezco la sinceridad. Y te digo algo: la Iglesia no se mete en política partidista. Pero sí se mete —y debe meterse— en lo que afecta a la vida de las personas, especialmente de quienes más sufren. Eso no es política: es Evangelio.
Él me miró con atención, así que continué.
—Jesús fue muy claro. En Mateo 25 dice: “Fui forastero y me acogisteis”. No dice: “Fui forastero con papeles en regla”. Dice “forastero”, sin más. Y en Gaudium et Spes (n. 26), la Iglesia enseña que toda persona tiene una dignidad inalienable, que no depende de su situación administrativa. Cuando miles de personas llevan años viviendo aquí, trabajando aquí, criando a sus hijos aquí, pero sin derechos básicos, la dignidad se resiente. Y la Iglesia no puede mirar hacia otro lado.
Él frunció el ceño, pensativo.
—Pero, padre, ¿eso justifica pedir una regularización?
—Justifica que no podemos permitir que haya personas viviendo en la sombra. La Doctrina Social de la Iglesia habla del bien común, y el Compendio de la DSI explica que este exige que todos puedan participar en la vida social y económica. ¿Cómo va a haber bien común si miles de personas viven en un limbo legal, sin poder trabajar con derechos, sin poder cotizar, sin poder integrarse plenamente? La regularización extraordinaria no es un premio: es una forma de ordenar una situación injusta que ya existe.
Él asintió, pero seguía con dudas.
—Entiendo… pero hay gente que dice que esto es ideología.
—La ideología sería callarnos. Lo que hacemos es seguir el Evangelio. La Iglesia tiene una opción preferencial por los pobres, recogida en Evangelii Gaudium (nn. 198–200). Y hoy, uno de los colectivos más vulnerables son los inmigrantes en situación irregular. Muchos trabajan en condiciones de explotación, no pueden denunciar abusos por miedo, viven en habitaciones hacinadas o en la calle. ¿Cómo no vamos a defenderlos? ¿Cómo no vamos a pedir que se les trate como personas?
El feligrés bajó la mirada. Creo que empezaba a comprender. Pero entonces añadió otra inquietud, quizá la más extendida.
—Padre… hay otra cosa que me preocupa. Mucha gente dice que los inmigrantes nos quitan derechos. Que colapsan los servicios sociales. ¿Qué hacemos con eso?
Ahí supe que tocábamos un punto sensible. Le respondí despacio, sin prisas.
—Mira, Jesús nunca habló del prójimo como una amenaza. Nunca dijo: “Cuida de los tuyos primero y luego, si sobra, de los demás”. Dijo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 12,31). Y en la parábola del buen samaritano (Lc 10, 25-37) nos enseña que el prójimo no es quien pertenece a mi grupo, sino quien necesita de mí. El Evangelio no deja espacio para la idea de que el otro —y menos aún el vulnerable— es un competidor que me quita algo.
Él me escuchaba con atención, así que seguí.
—La Doctrina Social de la Iglesia enseña que los derechos humanos son universales, inviolables e inalienables (Pacem in Terris, 9). No son una tarta que, si se reparte, se agota. Reconocer derechos a quienes viven aquí no disminuye los tuyos: los fortalece, porque crea una sociedad más justa y estable. El bien común —dice el Compendio— es el bien de todos y de cada uno. Si un grupo queda excluido, el bien común se resquebraja.
Él insistió:
—Pero, padre, ¿y lo de colapsar los recursos?
—La Iglesia nos pide mirar la realidad con rigor, no con impresiones. Y la realidad es que los inmigrantes, en su inmensa mayoría, aportan más de lo que reciben: trabajan en sectores esenciales, sostienen el sistema de pensiones, pagan impuestos indirectos, cuidan a nuestros mayores, limpian nuestros hogares, recogen nuestras cosechas. Una persona sin papeles no puede contribuir plenamente. Regularizarla no colapsa nada: ordena, integra y fortalece.
Hice una pausa y añadí:
—El miedo a perder derechos nace de la lógica del “sálvese quien pueda”, que el Papa Francisco llama “cultura del descarte” (Fratelli Tutti, 18-19). Pero el Evangelio propone otra lógica: la de la fraternidad universal. No somos rivales: somos hermanos. Cuando una sociedad trata a un grupo como descartable, termina erosionando los derechos de todos. Cuando una sociedad integra, protege y reconoce, se hace más fuerte.
Él levantó la vista, más sereno.
—Entonces, ¿usted cree que regularizar es un acto de justicia?
—No lo creo yo: lo enseña la Iglesia. La justicia, en la DSI, no es solo cumplir la ley, sino ordenar la sociedad según la dignidad de todos. Y quienes llevan años aquí, trabajando, pagando impuestos indirectos, cuidando a nuestros mayores, formando familias… ya forman parte de nuestra sociedad. La regularización extraordinaria simplemente reconoce una realidad que ya existe. Es un acto de justicia social.
Hubo un silencio breve. Luego me dijo:
—Padre, nunca lo había visto así. Pensaba que esto era política…
—Es normal. Pero la Iglesia no se mete en política partidista. Se mete en humanidad. Se mete en Evangelio. Se mete donde está Cristo. Y Cristo está en el forastero, en el que sufre, en el que vive con miedo. Si la Iglesia dejara de defender a los últimos, dejaría de ser Iglesia.
El feligrés sonrió, más tranquilo.
—Gracias, padre. Ahora lo entiendo mejor. Y me alegra que la Iglesia esté ahí.
Yo también sonreí. Porque ese diálogo no fue solo con él. Fue con muchos cristianos que sienten lo mismo y que necesitan escuchar que defender a los inmigrantes no es una opción política: es una exigencia del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia.



