06/03/2026

Hombres y mujeres ¿igualdad efectiva?

La igualdad entre hombres y mujeres sigue siendo un reto, especialmente ante las desigualdades que afectan a las mujeres y aumentan su riesgo de pobreza.

Que los hombres y las mujeres somos diferentes es evidente. Sólo es cuestión de mirarnos. Pero si esas diferencias conllevan algún tipo de discriminación, es cuando debemos reflexionar porque algo estamos haciendo mal.

El principio de igualdad es uno de los valores superiores de nuestro ordenamiento jurídico. Así nuestra Constitución, en su artículo 14 nos lo recuerda “(…) iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”  

Naciones Unidas entiende que la igualdad de género es un principio jurídico universal y lo define como “la igualdad de derechos, responsabilidades y oportunidades de las mujeres y los hombres, las niñas y los niños”. 

No obstante, a día de hoy, seguimos luchando por la aplicación real y efectiva de este principio porque la desigualdad histórica de hecho que afecta a las mujeres en todo el mundo y en todos los ámbitos de la vida social y económica es una realidad. La falta de empoderamiento de las mujeres a lo largo de la historia, constituye una forma de desigualdad crítica.

Según la Fundación Foessa, en su documento de trabajo “Desigualdad de género y procesos de empobrecimiento y exclusión social”: el género constituye, sin lugar a duda, uno de los ejes de desigualdad más relevantes entre los que atraviesan las sociedades occidentales contemporáneas.

De todos los factores que pueden incidir en el hecho de que una persona sea pobre, ninguno es tan determinante como el género. Son múltiples los factores que confluyen para mantener esta realidad:  

  • En el mundo laboral, los puestos de trabajo tradicionalmente asignados a las mujeres están peor valorados y remunerados, mientras que, al mismo tiempo, las mujeres tienen menores ingresos en el desarrollo del mismo puesto de trabajo que los hombres. Además, les resulta difícil el desarrollo de su potencial profesional dada la imposibilidad de promoción y acceso a puestos relevantes (o techo de cristal). El Foro Económico Mundial alerta de que, si se mantiene el ritmo actual en los esfuerzos por eliminar esta brecha al ritmo actual, tardaríamos hasta el año 2186 para lograrlo.
  • Los estereotipos sociales y el sistema educativo, que todavía no ha evitado superar las diferencias de género, suponen un freno a la hora de estudiar determinadas carreras o acceder a ciertos puestos mejor valorados y remunerados. 
  • Las mujeres siguen ocupándose mayoritariamente de los cuidados en el ámbito familiar, lo que genera dobles jornadas de trabajo e itinerarios profesionales interrumpidos y reducidos, con consecuencias inevitables en las prestaciones sociales por desempleo o jubilación. 
  • Las intolerables violencias machistas que sufren las mujeres, solo por el hecho de serlo y que son de naturaleza diversa y de diferentes intensidades, pero muy presentes en nuestra sociedad. Las consecuencias de esta lacra para las mujeres se sitúan tanto a nivel psicológico o físico como social, e influyen en su situación de pobreza, porque ubican a las mujeres en situaciones de mayor vulnerabilidad y exclusión social.

Cáritas trabaja de manera activa para establecer un nuevo marco de relaciones entre hombres y mujeres, basado en una educación en la que los valores de igualdad, solidaridad y defensa de los derechos humanos tengan el protagonismo necesario.   Somos testigos, por nuestro trabajo diario, de que la desigualdad no ha desaparecido. A los recursos, centros y servicios de Cáritas acuden, mayoritariamente, mujeres en situación de pobreza y exclusión social.

Desde el Departamento de Mujer de Caritas Diocesana, implementamos proyectos y acciones que ponen en el centro a las mujeres y a las niñas proporcionando espacios seguros donde reconstruirse desde el respeto a sus tiempos, a sus ritmos y a sus propias capacidades. En nuestros espacios, ser mujer no resta, ser mujer no es un problema o una desigualdad. En ellos, podemos descubrir junto a ellas que ser mujer es un valor y que un mundo en igualdad debe ser posible.

Sin nuestro compromiso en la erradicación de la desigualdad entre hombres y mujeres, estaremos contribuyendo a que se perpetúe el hecho de que las mujeres sigan siendo más pobres.