Después de pasar una noche en la calle para sentir en primera persona cómo vive una persona en situación de sin hogar, de salir y alzar la voz en su nombre para denunciar estas situaciones de vulneración y vulnerabilidad, son estas las palabras que le resuenan a uno en la cabeza.

Cae la noche y, con ella, el silencio. La Plaza Santa Isabel nos acoge, entre sus bancos, dispuestos a vivir una experiencia transformadora.

Hace frío, mis manos tiemblan mientras anoto estas palabras y se endurecen los músculos. Dos días llevamos de intenso frío nocturno en nuestra ciudad, un recordatorio de la dureza del otoño en sus peores días… Ya no digamos el invierno.

Pero todo ello, hoy, cobra sentido y nos permite sintonizar mejor con la experiencia que estamos viviendo. Es una noche, una de tantas, una de 365 al año, en la que se nos invita a ponernos en la piel de las personas sin hogar.

Pepe, nuestro consiliario, nos recordaba hoy que Jesús era una persona sin hogar, que entre ellos, entre los últimos, le vemos presente de una forma especial: “el hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. Sus palabras resuenan en mi mente y en mi corazón.

Hoy todos somos uno, todos somos personas sin hogar en medio de una sociedad que nos excluye, que nos olvida, que nos silencia en medio de las calles, escondidos en los cajeros, en los bancos de las plazas, en los huertos de palmeras. Escondidos, invisibles a los ojos de los hombres, pero no a los ojos de Dios, para quienes somos protagonistas, los más importantes, quienes se sientan a su izquierda y a su derecha en el Reino.

La noche cae, fría, larga, constante, bajo las luces de las farolas, que nos exponen a las miradas de los curiosos, muchos de ellos jóvenes que ríen por las calles una noche festiva de jueves, noche de universitarios… Pero, para nosotros, noche sin hogar, noche de testimonio, noche de encuentro con la soledad, con la dureza del suelo y de la vida… pero también noche de encuentro con la esperanza de un mañana por construir.