El pasado año en el marco de la clausura del jubileo extraordinario de la Misericordia, el Papa Francisco celebraba en la Basílica de San Pedro el jubileo dedicado a las personas en situación de pobreza y/o exclusión. En su homilía se expresaba así: “Precisamente hoy, cuando hablamos de exclusión, vienen rápido a la mente personas concretas; no cosas inútiles, sino personas valiosas. La persona humana, colocada por Dios en la cumbre de la creación, es a menudo descartada, porque se prefieren las cosas que pasan. Y esto es inaceptable, porque el hombre es el bien más valioso a los ojos de Dios. Y es grave que nos acostumbremos a este tipo de descarte; es para preocuparse, cuando se adormece la conciencia y no se presta atención al hermano que sufre junto a nosotros o a los graves problemas del mundo… Hoy, en las catedrales y santuarios de todo el mundo, se cierran las Puertas de la Misericordia. Pidamos la gracia de no apartar los ojos de Dios que nos mira y del prójimo que nos cuestiona… especialmente al hermano olvidado y excluido, al Lázaro que yace delante de nuestra puerta. Hacia allí se dirige la lente de la Iglesia.… A la luz de estas reflexiones, quisiera que hoy fuera la «Jornada de los pobres».”

La frase final no pertenecía al texto de la Homilía preparada para esta ocasión. El Papa Francisco la pronunció espontáneamente, a la vista de las miles de personas en situación de pobreza que estaban presentes en la celebración eucarística y con los cuales, había compartido los días anteriores. Ellos le habían expresado sus dificultades,  junto con los deseos más profundos que llevaban en el corazón; el Papa los había abrazado por un buen tiempo con conmoción e intensidad. Probablemente fueron estas miradas y las lágrimas de aquellas personas las que quedaron hondamente impresas en el momento en que, alzando la vista del texto, anunciaba el deseo de una “Jornada de los pobres”.

Como signo concreto del año extraordinario de la Misericordia el Papa intuyó y constituyó para el XXXIII Domingo del tiempo ordinario, la Jornada Mundial de los Pobres por tratarse de la preparación más adecuada para vivir la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el cual se ha identificado con los pequeños y los pobres y nos juzgarás a partir de las obras de misericordia. Según el Papa Francisco: “Será una Jornada que ayudará a las comunidades y a cada bautizado a reflexionar cómo la pobreza está en el corazón del Evangelio y sobre el hecho que, mientras Lázaro esté echado a la puerta de nuestra casa (cf. Lc 16,19-21), no podrá haber justicia ni paz social. Esta Jornada constituirá también una genuina forma de nueva evangelización (cf. Mt 11,5), con la que se renueve el rostro de la Iglesia en su acción perenne de conversión pastoral, para ser testimonio de la misericordia.”

El lema de la presente Jornada: “No amemos de palabra sino con obras” evoca un imperativo que ningún cristiano puede ignorar y se vuelve central, a la hora de señalar la oposición entre la acción y el servicio concreto a las personas en situación de pobreza y/o exclusión, y el vacío que a menudo esconden las meras palabras. El Papa insiste en este punto: “No pensemos sólo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida.” El reto que se quiere poner consiste en salir de la indiferencia, de las certezas y de las comodidades que a menudo son los lugares privilegiados de una cultura adinerada, para reconocer que la pobreza también constituye un valor con el cual confrontarse.

La dimensión de la reciprocidad se ve reflejada en el logo de esta Jornada donde en el umbral de una puerta abierta, dos personas se encuentran y ambas extienden la mano: una para pedir ayuda y la otra porque quiere ofrecerla. Es difícil comprender quién es el verdadero pobre, ambos son pobres. Son dos manos tendidas donde cada una ofrece algo. Son dos brazos que expresan solidaridad y que incitan a no permanecer en el umbral, sino a ir a encontrar al otro. Las personas en situación de pobreza y/o exclusión pueden entrar a casa una vez que en esta se ha comprendido, que la ayuda es compartir.

La invitación del Santo Padre se dirige a toda la Iglesia, así como a todos los hombres y mujeres de buena voluntad independientemente de la religión, del color de la piel y de la nación de pertenencia. A todos, se nos pide no voltear la mirada hacia otra parte y especialmente a los cristianos: hacer propia la cultura del encuentro, abatir los muros, los cercados y las alambradas construidos por el egoísmo y el miedo.   De igual modo que la pobreza no conoce confines ni barreras  porque se ha extendido al mundo entero, así también la solidaridad tiene necesidad de ser reconocida como expresión de genuina fraternidad para todos.

Más en concreto, las Iglesias particulares están invitadas a encontrar todas las formas más adecuadas para dar continuidad a cuanto ya existe y que caracteriza, la vida del vasto mundo del voluntariado. El Papa Francisco pide que todos se comprometan, sobre todo durante la semana anterior a la Jornada, a “organizar diversos momentos de encuentro y de amistad, de solidaridad y de ayuda concreta.”  Se pide, además, invitar a las personas en situación de pobreza y/o exclusión y a los voluntarios, a que participen en la santa Eucaristía del domingo y que luego sean acogidos como “invitados de honor a nuestra mesa”.  El Papa Francisco está involucrado directamente en la celebración de esta Jornada y presidirá la santa Eucaristía en la Basílica de San Pedro, junto a tantas personas en situación de pobreza y/o exclusión y personas  voluntarias.