Practicar la caridad es para el alma lo que el ejercicio físico es para el cuerpo. 
Según el diccionario de la RAE, caridad es -entre otras acepciones- la virtud opuesta a la envidia y a la animadversión.

En la actitud solidaria ante el sufrimiento ajeno, es el ser humano quien ha de atender a su propio instinto y -escuchándose a sí mismo- permitir que el espíritu caritativo, el que reside dentro de nosotros, se manifieste a través de actos solidarios hacia el prójimo.

Pero.. ¿Qué le está sucediendo a la sociedad para que estos valores puedan estar perdiéndose? ¿Por qué  la abundancia material, muchas veces, disminuye proporcionalmente la capacidad empática de algunas personas?  Al parecer, cuando una persona vive en la abundancia se tergiversa o anula su visión social periférica.

A veces los medios de comunicación nos muestran a diferentes personajes públicos en labores solidarias en el tercer mundo. No es raro ver a artistas -españoles y extranjeros- viajando a países donde la penuria y el hambre acucian a la sociedad, pero no es menos cierto que para ver calamidad o necesidades no se necesita tomar un avión ni salir de nuestra propia ciudad. Existe esa distorsión de la realidad.

Seguramente, si prestamos un poco de atención a nuestro entorno inmediato, nos sorprenderá comprobar que hay personas más o menos cercanas que se encuentran en situación de necesidad e incluso desamparo. Podría tratarse de un vecino del barrio, alguien con quien nos encontramos a diario en la parada del autobús, incluso algún conocido, de quien no ha trascendido su situación, y que ni se nos pasa por la cabeza su complicada realidad; su difícil día a día. Es por ello la necesidad de hacer uso de la auto observación interior para permitir que florezca la sensibilidad necesaria y favorecedora de la caridad hacia los demás. Mirémonos hacia adentro y comprobaremos que nuestra buena suerte en la vida es, a veces, cuestión de factores ajenos a nuestra voluntad. La buena suerte es tan aleatoria y efímera que puede pasar inadvertida hasta que cambia.

Compartir con los demás nuestra buena suerte es signo de nobleza y generosidad.

Y es cierto que la buena salud es vital para disfrutar de una calidad de vida deseada por todas y todos. Esto se consigue a través del ejercicio físico y la alimentación adecuada. Del mismo modo, una buena salud espiritual requiere de acciones con las que el espíritu se encuentre en paz consigo mismo y -con ello- ser capaces de dar a los demás nuestra mejor versión. Porque, a fin de cuentas, para que una persona pueda ofrecer amor, primero ha de quererse a sí misma.

Qué mejor opción para comenzar ese camino que la dinámica de ofrecer a los demás aquello de lo que no nos privamos, el amor. Aunque el amor no es sólo atender al estómago. El amor es además provocar una sonrisa, ofrecer atención y comprensión así como dar muestras de cariño y respeto hacia quienes nos rodean para así recibir, del mismo modo, lo mejor del otro.

Como dice José Luís Borges en “Si volviera a nacer..” veamos más atardeceres, subamos a más montañas y nademos más ríos, relajémonos más y no intentemos ser tan perfectos, juguemos con los niños.

Añadamos a nuestras propias vivencias el abrirnos hacia los demás desde el corazón y desde la humildad.

 

Casimiro Díaz

 

XVIII Escuela Diocesana de Formación

Sábado, día 28 de octubre, de 9 a 20 horas.

Colegio Salesianos. El Campello. Alicante.

Acompañar en la participación y el protagonismo de la persona.